
En mi mano, el lugarcito que ocupó siempre la piedra.
Y en el lugarcito de la piedra, naciendo, una pregunta.
Una pregunta tendiente a caer, como tiende así también la piedra, en esencia, a caer al vacío.
Pregunta, en caída al vacío; al vacío de mi mano vacía (que es como viven todas las manos).
Caída semejante a la piedra y semejante, también, al hombre, que cae de la mano de Dios, al vacío del mundo.
La pregunta cuando cae, es respuesta.
La caída siempre es una respuesta.
Una respuesta al lugarcito, que ya no es de la piedra, sino de Dios.
Dios vive en las manos vacías del hombre.
Dios es siempre una pregunta, ocupando el lugar de una piedra.
¿Será el hombre también respuesta a la pregunta de Dios?
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