"Ciegamente reclama duración el alma arbitraria
cuando la tiene asegurada en vidas ajenas,
cuando tú mismo eres el espejo y la réplica
de quienes no alcanzaron tu tiempo
y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra."
(J.L. Borges)
Abrirme a lo imprevisible, al acontecimiento de la otredad; a la hospitalidad de mi enemigo, a la angustiosa fuente de nuestras diferencias, por fuera de mis propiedades. Mis propiedades, que -paradójicamente- no son lo propio de mi.
Lo propio de mi, se asemeja a lo propio del otro. Lo propio es imposible sin el otro; lo otro es imposible sin lo propio: lo propio es el común de lo imposible.
Me abro al imposible, en un sí posible desde mí. Mi "yo" mismo se abre en un sí al "vos" ajeno, en extensión. Un "si" que "desotra" al otro, que lo acoge como parte de mi, ¿de mi propiedad?
Un sí, que me hace posible imprevisiblemente y, que a su vez, me desembaraza de toda propiedad.
La hospitalidad, tiene lugar en el vacío. En la no-posesión. Y en el vacío no hay diferencia, ni hay yo, ni hay otro, ni hay. En ese vacío se traduce lo eterno. La imposible imposibilidad de lo eterno o la imposibilidad de lo imposible.
Todo acontecimiento, es una apertura realmente posible a lo dado en la otredad.
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